El agua y el miedo

El anciano observaba impávido, indiferente a todo lo que no fuera el agua que discurría cadenciosamente ante sus ojos. Le encantaba recrearse en la belleza del río, con su murmullo de vida desgastando las pulidas rocas que hallaba en el transcurrir de su camino. Pero lo más maravilloso de todo sucedía en profundo silencio: la enseñanza de simplicidad y paciencia que le regalaba el agua en su naturaleza.

El agua fluye: nunca opone resistencia. Bordea, se sumerge, se eleva majestuosa formando crestas en las olas. Ya sea líquida, sólida, gaseosa, su esencia es siempre pura; hasta cuando se evapora desde la ciénaga más hedionda… El agua no teme ser: desconoce el miedo… Su acción, simple y paciente, es capaz de desgastar desde las más altas montañas hasta las más remotas profundidades de los océanos.

El anciano cesó en su observación por unos instantes, asombrado por la repentina llegada de su querido cormorán, en cuyo pico un enorme pez se resistía valiente en la lucha, oscilando su cuerpo vigorosamente en un vano intento de librarse de su destino. El ave intentó tragárselo de una pieza, como hacía siempre, a sabiendas de que el nudo que –justo para evitar tal acción, pero sin causarle daño- le había colocado el anciano en su gaznate, impediría tal propósito. Tras quitarle de su pico la pieza, ya resignada a su suerte, dio al cormorán un trozo de pescado, pues como buen cazador que era, bien merecido tenía un gesto de recompensa.

El miedo nos impide ser: nos impide fluir como el agua que conforma nuestro cuerpo. El miedo –al tomarnos la vida y a nosotros mismos demasiado en serio- nos vuelve rígidos, insensibles, incapaces de vivir con simplicidad el ritmo de las emociones y sentimientos que nos regala, en su transcurrir, la vida que nos rodea. Lo curioso de ello es que no son “realmente” nuestros miedos: son creaciones de nuestro ego, nuestro falso amigo, nuestro parásito compañero.

Nuestro ego teme a la muerte, y trata de cegar sus temores por medio de la evasión en el placer. En ocasiones, en la búsqueda imperiosa de su quimera, acaba por incitar a quien lo alimenta sin saberlo con pensamientos, emociones y sentimientos, a degradar la autenticidad que constituye su Ser.

Sólo el amor es capaz de alejar la falsa presencia del ego de nuestras vidas… Y sólo se lo impide la certeza con la que creemos que somos tan solo nuestro propio personaje: sólo un cuerpo y una mente. “Un paquete de recuerdos y de hábitos”.

Somos más de lo que pensamos: somos esencia divina jugando al juego limitado de las formas. La misma esencia del Cosmos, que en su naturaleza infinita y eterna da forma a la unidad de la vida.

Sentir amor, el que ES y siente, es la única forma de dejar de tener miedo a los temores de nuestro ego… y al hacerlo, comenzar así a ser realmente quien queremos: agua que fluye por las circunstancias de la vida, sin perder por ello la unidad con la existencia.

La esencia de toda la naturaleza es el AMOR: el verdadero poder, la verdadera energía. El mismo amor que le regalaba en aquel instante el río y el paisaje que lo rodeaba.

Amor incondicional… sin juicio alguno. Simplemente siendo con la vida uno.

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3 thoughts on “El agua y el miedo

  1. Muy profundo, y cierto, es lo que narras a través de la escena. Gracias por la advertencia, siempre tan necesaria para mí, de que no somos nuestro propio personaje. Que somos cosmos puro, una cosa sola con todo lo que nos rodea. Así vistas las cosas -como en realidad son-, ¿qué importa, en efecto, la muerte? Tentado se vería uno de decir con Pablo de Tarso (partiendo, desde luego, de presupuestos radicalmente opuestos a los judeocristianos), aquello de: “¿Dónde está, muerte, tu victoria? ¿Dónde tu aguijón?”.

  2. Es difícil “desprogramarnos” de todo lo que nos han inculcado como la “realidad” desde que éramos niños; más aún, cuando la sociedad en la que nos movemos la acepta como tal y se rige de acuerdo a ello. Por medio del raciocinio y de nuestra creencias podemos admitir la posibilidad de que haya algo más allá de lo que pensamos es “la realidad”, la palpable y visible a través de los sentidos (y yendo más allá, reconocer que hay una inteligencia presente en cada uno de nosotros y de la cual nunca somos conscientes (la que rige el sueño, digestión y todos los procesos internos)). De ahí, a vivir como una experiencia vital, real, auténtica, la unidad espontánea en la existencia, hay una distancia que puede ser abismal, aunque físicamente se mida desde la cabeza hasta el sentir del “corazón”. Algunos han recorrido esa distancia, en la cual, más que cargar conocimientos hay que soltar lastres y creencias… Otros, a base de algún relámpago, seguimos a tientas rumbo a ello 😉

    Gracias por el comentario, amigo Pablo.

  3. Muy cierto, amigo Juan, cuanto dices. Yo tambiñen anhelo colmar esa distancia de cabeza a corazón y a entrañas que me permita vivir la Realidad con mayúscula. Sé también que es cuestión de soltar lastres y creencias… lo cual es harto más difícil de lo que suena. Y yo también, por el momento, sigo a tientas, alumbrado tan sólo por un relámpago existencial de hace un cuarto de siglo (pero cuya luz, sin dejar de ser fugacísima, sigue “fija” en mi retina interior como si me inundara ahora mismo), y confortado por afirmaciones y testimonios como este tuyo.
    Sigamos, pues.
    Gracias y un saludo muy cordial.

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