El perdón por transigir

perdon

Aunque muchos aspectos de la vida son relativos según como sean tenidos en cuenta, hay cuestiones que para ser resueltas necesitan de una repuesta inflexible y plena.

Si la vida es la manifestación de una esencia sagrada, ésta ha de estar presente en todo lugar, en todo ser y en toda circunstancia. Aun así, no solemos vivenciar la sacralidad de la vida en todo momento, con todo ser con quien mantengamos contacto o en cualquier lugar en que nos encontremos.

Cierto es que hay ambientes donde se concentra una energía más espiritualizada y que se acrecienta con la presencia devota de quienes acuden a ese encuentro con lo sagrado. De igual modo, hay seres que por haber alcanzado una profunda conciencia espiritual, atraen a otras personas que buscan hallar en su presencia cierto descubrimiento, beneficiándose ambos de ese sutil fluir de energía amorosa que suele manifestarse en una conversación, en pequeños detalles o gestos, o compartiendo sin más la vivencia del silencio.

Esta es la gran tentación del Maya: la ilusoria realidad separatista que nos perfila la interpretación del mundo según nuestros sentidos y que conforma nuestro mundo cotidiano. Por eso muchos sabios inciden en la necesidad de alienarse cada mañana con la energía sagrada que mana desde el silencio, para así intentar en la medida de nuestras fuerzas que el aparente caos -lo horrible, lo mezquino y lo grosero- no siembren en nuestro interior su semilla de realidad que nos aleje de nuestro centro divino: el Ser que anida paciente a la espera de emerger desde el silencio.

Por eso es muy importante el valor del perdón: aquél que es capaz de soltar en el mismo instante que se produce el disgusto por el error cometido, o bien deshace los efectos del juicio que atolondradamente realizamos sobre el proceder de otra persona. El perdón que, tras llegar a casa y evaluar en la intimidad nuestra jornada, nos permite encontrar -sin juicios- los errores que nos hicieron transigir y caer en el juego de la separación y el juicio aislado y autojustificado. El mágico perdón que nos permite aceptarnos plenamente, con nuestros errores y distorsiones, sabedores en nuestra intimidad que es cierto: que la esencia de la vida es mágica y sagrada, y que nos sustenta a todos al ser todos expresiones de su pureza. Estamos inmersos en un juego de redescubrimiento.

“Damos lo que queremos recibir”… Intentemos perdonar los pequeños enfrentamientos cotidianos; a la persona que nos produce una especial reacción de rechazo y con quien estamos obligados a mantener cierto trato (tratemos de perdonar especialmente en estos casos -ahí está el mayor reto y también los mayores frutos). Perdonar la reacción social culpabilizadora ante la situación violenta y desoladora que viven muchos países. Perdonar, en suma, todo lo que nos impele a caer una y otra vez en el juicio, el miedo y la condena. Y al finalizar el día, como a su principio, intentemos soltar nuestras exigencias de mejorar -que no deja de ser otra condena-.Confiemos en que la Vida, como experiencia sagrada, se encargará de llevarnos por el mejor camino (al menos, para aprender a amarnos, aceptándonos). Limitémonos pues -que no es poca tarea- a perdonarnos cada vez que transijamos y olvidemos la realidad sagrada de la Vida y de todos sus seres vivos, cayendo en la percepción de los errores humanos que nacen del miedo. Intentemos no caer tampoco en el juego de la reiteración de hábitos y patrones de pensamiento con que nos tienta la mente; y si caemos, démonos cuenta e intentemos perdonarnos y seguir camino, tras sacudirnos el polvo, con una sonrisa. Intentemos abrirnos al milagro del presente llenos de esperanzas y limpios de culpa. Intentemos –sin exigencias frustrantes: intentemos, tan solo.

Nuestra máxima libertad está en nuestra elección. Elegimos aceptar las realidades como tales, al igual que a nuestros juicios… Elijamos ver el milagro sagrado de nuestra existencia cada día y ayudemos a que la conciencia de este milagro se extienda por todo el planeta, permitiendo en nuestra humilde medida que la Luz del amor sea manifieste por medio de nuestros pensamientos, sentimientos y actos hacia los demás como reflejo de nosotros mismos.

Aceptar sin excepción nos prepara a aceptarnos plenamente, con lo cual se cumple la máxima esotérica: recibimos, dándonos. Démonos en la medida en que seamos capaces, sin sacrificios ni condenas; día a día, poco a poco, con fe; libre y gozosamente.

Aprendamos la verdad del Amor, una y otra vez hasta que -quizás, algún día- no haga falta el perdón, pues habremos hecho en nosotros su mensaje: no transijas nunca.

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5 thoughts on “El perdón por transigir

  1. Muy buen mensaje el que muestras, Juan, me gusta.

    Personalmente, el “perdonar” es algo que me chirría, me suena raro, no me resulta familiar. Me cuesta encontrar situaciones en mi vida en las que he pedido perdón; y si alguna vez me piden perdón siento extrañeza… Me suena mejor un “lo siento”, “disculpa” o cosas similares.

    Fíjate que estoy convencido interiormente de que es posible, de que es posible que nos aceptemos y vivamos con Amor y su Libertad y Responsabilidad asociada. Todo juicio conlleva dolor, toda culpabilización lo mismo; “sólo” basta el darnos cuenta profundamente de esto para empezar a cambiar la vida de uno mismo, de nuestro entorno, y del mundo entero. Somos una red de vínculos en la que todos nos afectamos.

    Un fuerte abrazo.

  2. Quizás sea cuestión de los prejuicios que inevitablemente conllevan los conceptos. El del “perdón” está tañido de moralina; también se asocia a la altivez moral del que obsequia con su perdón al débil de carácter.

    Lo de menos es la expresión. Somos una red de vínculos, como bien dices, y una buena manera de vincularnos a los demás exige que antes nos hayamos librado, soltado, perdonado, aligerado de las culpas y los resentimientos que cargamos y nos afectan en niveles de los que normalmente no somos conscientes. El simple hecho de darnos cuenta constituye una especie de revelación, liberación. No es un perdón moral: es un perdón que asume precisamente lo que comentas -que todos estamos afectados por una visión irreal que separa lo que por su propia naturaleza comparte una misma esencia.

    Gracias por tu comentario.

    Un fuerte abrazo.

  3. Muy buena tu reflexión Juan, y bellísima imagen para acompañarla: dan ganas de subirse a ese barco, navegar por los mares de la vida en el barco del perdón, que en definitiva es la aceptación de uno mismo. Cuando nos aceptamos, sin máscaras, aprendemos el verdadero sentido del perdón, perdonándonos hace que ya no haya necesidad de perdonar a nadie, porque todo fluye naturalmente, así, de la misma manera que esos dos barcos fluyen en esas quitas agua bajo un cielo que irradia Paz.
    Abrazos, desde mares grises y tormentosos en este Domingo de Agosto 🙂

  4. Hola Bet!

    Gracias por tu valoración y ante todo por esa idea que das: perdonarse es en definitiva aceptarse a uno mismo . La comparto plenamente. De hecho, creo que todo acaba en un trabajo interior, por más que justifiquemos nuestra aparente irresponsabilidad por las “vueltas” de las circunstancias externas.

    Abrazos y Buen viaje 🙂

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