Sobre el espíritu de superación

Hace un tiempo se habló en este blog de Tony Melendez, un nicaragüense que por negligencia médica nació sin brazos al habérsele recetado a su madre durante el embarazo el medicamento talidomida; medicamento que provocó el que miles de fetos nacieran sin piernas ni brazos. Posteriormente también conocimos el caso de Nick Vujivic , un joven australiano que nació sin brazos ni piernas; sólo con un pequeño muñón a modo de pie. Su fuerza interior es titánica. Ha creado una fundación, “Life without Limbs”, cuya principal función es motivar a personas que han nacido sin extremidades. Otro caso extraordinario de superación personal es el de Jessica Cox , una joven sin brazos que ha conseguido a pesar de su discapacidad, convertirse en psicóloga, cinturón negro de Taekwondo, piloto de avioneta y conferenciante, entre otros logros.

Según Jessica Cox: “Hay un miedo universal en todos: el temor a la insuficiencia y la falta de fe en nosotros mismos. Nuestro temor más profundo no es que seamos insuficientes, es que somos poderosos más allá de toda medida”. También juega un papel trascendental la relatividad que aporta el sentido del humor aplicado a la supuesta importancia de las cosas : “Sé que será difícil tener una familia, pero sé que voy a ser una buena mamá -comenta Jessica Cox-; lo difícil va a ser cuando un pretendiente le pida mi mano a mis padres”.

Albert Casals es un ejemplo más cercano pero no menos sorprendente. Con apenas dieciocho años, lleva cuatro recorriendo el mundo en su silla de ruedas haciendo autostop y viviendo con un presupuesto diario que no suele superar los tres euros; y a veces, ¡hasta le sobra dinero! Fruto de sus variadas vivencias es el libro “El mundo sobre ruedas”, donde centra el valor de sus experiencias en el trato con las personas. Según sus palabras: “Todas las personas tienen algo bueno; no hay que tener miedo de lo que pueda pasar. En mi caso, decididamente, son las personas y no los paisajes los que me motivan para salir de casa”.
En todos estos casos, la fortaleza de ánimo y la fe -traducida en constancia, paciencia y persistencia- han sido factores decisivos para afrontar su situación y trascender las barreras que aparentemente se les mostraban como insuperables. De igual modo, en todos estos casos fue decisiva la plena certeza. Todos ellos coincidieron también en que, más que las barreras físicas, las que más les costaron superar -por cuanto más le hirieron- fueron las que le impusieron otras personas con sus actitudes, sus miradas, sus burlas, sus comentarios; con sus “noes” aparentemente compasivos que evidenciaban su completa falta de fe en que fueran capaces de superar los más mínimos retos.

¿Habría alguna posibilidad de hallar un denominador común que señalara la naturaleza esencial de ese espíritu de superación presente en estos casos y en otros muchos menos impactantes? Y realmente, en lo concreto, ¿en qué se traduciría dicho espíritu?

Buscando ese denominador común, podríamos establecer que en la mayoría de los casos la media de edad no supera lo que se supone es el ecuador natural del ciclo vital de una persona. Parece que la mera acumulación de años -y con ellos, de vivencias “buenas” y “malas”- unido al no menos importante deterioro paulatino de nuestras capacidades físicas y psicológicas, acrecientan el riesgo de acabar viviendo sin un mínimo espíritu de superación. Es cierto que hay casos excepcionales de personas que han pasado la frontera de los sesenta años y que aún emprenden nuevos retos profesionales y personales, pero es precisamente su carácter excepcional lo que nos inspira, estableciendo su excepcionalidad la diferencia con una vivencia cada vez más sedentaria -una vivencia de subsistencia-; actitud vital con la que suele afrontarse mayoritariamente el otoño de nuestras vidas.

Para comprender sin ambigüedades la realidad de este hecho y poner a prueba nuestra capacidad de vulnerabilidad, basta visitar un geriátrico (o si el término resulta frío, una “residencia sociosanitaria para personas mayores”).

[Vivimos una época donde la sociedad busca términos que dignifiquen la realidad de los hechos; y si es imposible dignificarlos dada la naturaleza de los mismos, que al menos se disfrace la dura verdad del hecho bajo un manto semántico aséptico y neutro. Actitud que revela una vulnerabilidad colectiva que se engaña y adormece, aislándose y anestesiándose en su propio miedo.]

¿Late ese espíritu de superación, el que dice un SÍ pleno a un nuevo día, en estos lugares que no dejan de ser “cementerios en vida” -como alguien muy íntimamente cercano a mí resumió con su longeva experiencia vital?

¿Cómo motivar a una persona a la que la naturaleza le ha quitado hasta el mínimo control de los aspectos más escatológicos de su fisiología? ¿Cómo incentivar el espíritu de superación en quien es testigo de su propia degradación paulatina en vida? ¿Es posible?

Se puede y debe dar dignidad al último tramo -más o menos extenso- en la vida de quienes han sido niños, hombres y ahora encaran con mayor o menor conciencia su condición de ancianos… Alimentación, higiene, actividades que estimulen sus capacidades cognitivas, medicaciones, terapias… Pero a pesar de que la vida se les vaya yendo -como a todo ser vivo, pero a ellos con una inminencia que se les manifiesta de forma más palpable-, a pesar de que los placeres cedan casi por completo a la cotidianeidad del dolor, al olvido e incluso a la más cruel locura; a pesar de todo ello, ¿tiene sentido intentar insuflar ese espíritu de superación, que a esas alturas se resumiría en la no menos loable aspiración de continuar aceptando el mantenerse con vida?

Según acumulamos cumpleaños van disminuyendo las probabilidades de realizar todos nuestros sueños; por cuanto van mermando también nuestras capacidades físicas y menguando el abanico de posibilidades que nos posibiliten manifestar los dones latentes con los que nacimos. Llegada una edad en nuestras vidas, parece que disminuye proporcionalmente nuestra disponibilidad de apertura a las sorpresas que la fe en el vivir pueda traernos como presentes. Nuestra existir cotidiano se va convirtiendo a golpe de rutina en un encefalograma con picos cada vez menos relevantes. Desde esa perspectiva, ¿hemos de aceptar -por mucho que nos duela y por poco que seamos capaces de juzgarlo como coherente- el que una persona decida dejar de vivir, no ya sólo quitándose la vida sino entregándose sin lucha a un proceso de involución, de reducción a una simplicidad al nivel de la mera subsistencia de un organismo sin conciencia, como pueda ser un vegetal?

El espíritu de superación bien pudiera ser uno de esos valores primordiales que se inculquen desde críos a las nuevas generaciones. También la Muerte: muerte como última experiencia en vida y muerte paulatina; aquella que se refleja día a día en el deterioro de nuestro cuerpo y nuestra mente. Quizás ayudaría asumir desde la infancia nuestra mortandad -cara a cara, no como una cuestión filosófica o científica sino como una realidad inexorable-. Quizás ayudaría a que esas personas, ya ancianas, vivieran su último periodo existencial con plenitud y entrega, lo que constituiría la actitud más sabia y menos dolorosa en el tránsito a la muerte. No una entrega resignada, sino aquella que asume que, más allá de nuestra actitud y nuestro aliento, hay un infinito misterioso que decide en una asociación de causas y consecuencias que supera por completo nuestra capacidad de comprensión. Como el inabordable espacio del cosmos que nos rodea, la realidad del porqué de las cosas nos supera.

Y así, entre el nacimiento y la muerte final que cierra por completo la vida -al menos, la que conocemos como tal a través de este cuerpo que nos es dado- tendríamos la posibilidad de ahondar en la experiencia de ese amor irracional e incondicional a la vida, aquel que escoge lo bueno, lo constructivo, hasta lo que la razón en su limitado juicio desvalora o niega… Posiblemente la capacidad de superación de nuestro espíritu esté en los genes de cada uno, y sólo esté en nuestra plena capacidad decisoria el asumir nuestras limitaciones y agradecer lo que la vida nos traiga como enseñanzas, sea lo que sea, ignorando la voz enjuiciadora de nuestra mente, que catalogará tales vivencias en su limitada sabiduría como parabienes, sinsabores o castigos.

Vivir es aprender a permitirnos vivir sin miedos. No hay otra superación: morir a la Vida.

6 comentarios en “Sobre el espíritu de superación

  1. Interesante reflexión, Juan. Es indudable que lo que unos pueden ver tan claro, para otros es totalmente diferente. Creo que todo depende como cada persona “entienda” la vida. Como repercute en cada uno ese deterioro, como enfrente el dolor y cuales sean sus condicionamientos y su entorno. Las circunstancias y el lugar que ocupa cada ser en este “paso” es único y saber realmente que atraviesa al otro no es nada fácil.
    Prepararnos para atravesar esas vivencias, tanto en nuestra persona como en los seres más cercanos. Ser testigos de ese envejecimiento, que en definitiva es lo natural, ¡que paradoja! y cuanto nos demuestra lo alejada que está nuestra psicología y parámetros culturales de la realidad. Sumergidos en una civilización que nos ha aportado, a lo largo del tiempo, tanta confusión en cuanto a lo que somos verdaderamente.
    Gracias por compartir esta reflexión.
    Un abrazo “veraniego” desde los mares del sur:
    BeT

  2. “Ser testigos de ese envejecimiento, que en definitiva es lo natural, ¡que paradoja! y cuanto nos demuestra lo alejada que está nuestra psicología y parámetros culturales de la realidad”.

    Totalmente de acuerdo, Bet. Te lo agradezco. A veces me pregunto cómo cambiaría nuestra vida como sociedad si se nos inculcara desde críos una visión que asuma como natural el tránsito de la muerte.

    Un abrazo,

    juan

  3. “Morir a la vida”. Es tan evidente y tan enfermizo el que vivimos (la sociedad nos impulsa a ello) aferrados a la vida, y que la muerte… uh, uh, uh. Cambia tanto la vida al aceptar la muerte, que prácticamente dejaríamos de estar enfermos.

    Gracias Juan por estas profundas reflexiones que son tan escasas (nulas) en los medios masificados, y que nos impulsan a vivir la vida, al menos a mí.
    Un abrazo, José.

  4. Aceptar la muerte y sus fases de decrepitud, sin duda nos abre a la vida. Personalmente estoy viviendo algo de eso con cercanía.

    La sociedad nos pone la zanahoria de la eterna juventud como mito a alcanzar; de la perfección corporal al uso, de los logros inalcanzables. Alimenta nuestras fustraciones personales mientras el mundo sigue su curso, y con él nuestro inexorable camino hacia el fin de nuestro tiempo.

    Un fuerte abrazo, José. Y gracias.

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