El “molino del diablo” (sobre la presión del tiempo)

“Manipulados por el tiempo” es un excelente documental  de Xavier Marquis en el que se realiza un estudio revelador  del tiempo y su influencia cada vez más creciente en la vida de los individuos; en especial, tras la  implantación del reloj. Este texto resume parte de su contenido.

El  profesor de psicología Richard Wiseman realizó el siguiente experimento: en un mismo día, a la misma hora local, midió en treinta y dos países distintos cuánto tardaban los peatones en recorrer veinte metros de acera.  El resultado indicó que en pocos  años habíamos aumentado un diez por ciento nuestra velocidad al caminar. La pregunta que se plantea Richard Wiseman es de por sí inquietante: ¿Hasta qué nivel puede  el hombre soportar la presión de la velocidad sin caer en la locura?

Rentabilizar el tiempo se ha constituido en una verdadera obsesión en nuestra sociedad. Un ejemplo de ello se da en la concurrida Oxford Street, donde estuvo estudiándose seriamente la posibilidad de abrir una autopista para peatones. Según el representante de los comerciantes de la zona, es tal el volumen de transeúntes, que muchos ciudadanos se quejan de la pérdida de tiempo que les suponen los peatones indecisos o los turistas. Por eso se propuso crear una normativa que facilitara una vía específica para los peatones que quisieran caminar a ritmo rápido; quien empleara esa vía no podría hablar por móvil ni caminar lentamente. Aunque el gobierno local se mostró interesado, el coste que supondría dedicar personal y medios para controlar su uso, sería excesivo.  En todo caso, la llamada “furia de la acera” dejó hace tiempo de ser un comportamiento anecdótico, cuando un peatón fue asesinado en las escaleras del metro de San Francisco por caminar despacio; un disparo acabó con su vida.

La socióloga Anne Flemmert Jensen realizó un estudio del tiempo libre en  niños de cinco países occidentales, a petición de la multinacional de juguetes Lego. Presentó los resultados en una conferencia de título bastante revelador: “La desaparición del juego”. Según ella, estamos propiciando individuos expertos en reproducir conocimiento, procesar información o aprender rutinas, pero incapaces de buscar soluciones creativas e innovadoras… Los niños de hoy en día apenas disponen de tiempo para el juego libre. Aunque realizan actividades lúdicas y deportivas fuera del horario escolar, éstas forman parte de un programa tan organizado y estructurado como las clases en sí mismas. No hay lugar ni tiempo para que el niño recree libremente su propio universo mediante el juego improvisado y la imaginación.

Nelson Training es una iniciativa que anima a gestionar el tiempo de una forma tan estricta, que ha levantado críticas al respecto. Como ejemplo, uno de sus entrenamientos consiste en escribir cada quince minutos lo que se ha estado haciendo durante ese tiempo; lo llaman un  time blog. Nadie duda que controlando tan intensamente el uso que damos a nuestro tiempo se tiene mayor conocimiento de en qué lo gastamos o perdemos, pero como se pregunta  la psicóloga Nicole Aubert, ¿con esos niveles de autocontrol, resulta realmente positivo intentar rentabilizar así nuestro tiempo?

Ansiamos como colectivo obtener lo máximo en el mínimo de tiempo. En ese sentido, las manecillas del reloj se han convertido como obsesión en los grilletes de nuestra existencia… pero no siempre ha sido así. Como explica el profesor de psicología Robert Levine, la puntualidad como tal ha comenzado a ser considerada como una actitud positiva desde hace poco tiempo. Antes de la revolución industrial, ser puntual equivalía a ser cuidadoso, detallista. A finales del siglo diecinueve, la puntualidad -entendida como “cuidado y diligencia en llegar a un lugar o partir de él a la hora convenida”-  comienza a considerarse algo “bueno”; de forma paralela, empieza a despertar interés el estilo de vida que busca como prioridad rentabilizar el tiempo.

Hubo personas que quisieron mantener su propia percepción del ritmo del tiempo -permanecer en un enfoque menos mecánico, más natural-  pero con este proceder carecían de recursos para poder sostener su estilo de vida: pronto comprendieron que si querían subsistir en el mundo moderno, tendrían que adaptarse al ritmo del reloj. De todas formas, junto con quienes expresaron su rechazo a someter su libertad a las directrices de una máquina, también había remolones por propia naturaleza… A estos no había manera de hacerles comprender el valor del dinero que perdía la fábrica por su impuntualidad. Así, perdida la posibilidad de concienciarles por medio de la razón, se optó por una vía más drástica: descontándole dinero de su sueldo en proporción a su tardanza. Por otro lado, con la intención de condicionar a las nuevas generaciones, comenzaron a editarse libros para niños en los que se equiparaba la tardanza con un pecado: llegar tarde podría provocar accidentes de trenes, conflictos bélicos, crisis económicas sin precedentes y hasta la ruptura de las relaciones más estables…

Según la escritora, filósofa y poetisa Jay Griffiths, el valor que los misioneros cristianos daban al tiempo del reloj sorprendió tanto a los pueblos algonquinos que poblaban Norteamérica, que denominaron a éste “Capitán reloj”, por fundamentar en torno a él los misioneros todas sus actividades cotidianas. También destaca la existencia de un pueblo argelino que se refiere al reloj como el “molino del diablo”, y que considera a la velocidad una fuerza demoníaca y competitiva… Aun así, como todos sabemos, se ha impuesto globalmente la visión estructurada  del tiempo del poderoso “Capitán reloj”; proceso que Jay Griffiths denomina  la “cocalización” del tiempo. En ese sentido, a pesar de que mundialmente se acepta el tiempo del reloj (variando en algunas culturas el inicio del calendario y, por tanto, la numeración del año en que vivimos, entre otras singularidades), existe cierto racismo ideológico a la hora de tener en cuenta el valor que cada país le asigna a su tiempo… Por ejemplo, se suele hablar en tono jocoso y a veces peyorativo de la hora mejicana, la hora africana o la india (por no citar a nuestras autonomías), dando a entender que los nativos de estos países, por su idiosincrasia o el pobre desarrollo tecnológico de su base social,  no son fieles al tic tac del reloj: no son agudos, no están “puestos”. Sin embargo, en algunas ocasiones es precisamente el desconocimiento de su idiosincrasia y la cerrazón al considerar que nuestro modelo de vida es el más moderno -y por ello, el más desarrollado-, lo que nos impide conocer y comprender la señal de sabiduría que pueda darse en quienes saben valorar y disfrutar la belleza incomparable e irrepetible que nos brinda cada momento.

Ése es quizás el gran problema en la percepción lineal y vallada del tiempo. Como se indica en este documental, cuando contemplamos el espacio –un paisaje, por ejemplo-, no lo vivimos en función de los metros cuadrados que visionamos, ni de la altura ni volumen de los árboles, ni lo seccionamos en graduaciones de ángulos ni en condensaciones de materia…. El espacio no lo vivimos midiéndolo: aceptando que contiene infinidad de formas en constante proceso de interrelación por interdependencia, lo vemos y vivimos como uno. ¿Por qué entonces el otro valor esencial de nuestra experiencia tridimensional -el tiempo- lo vivimos desde un punto de vista tan matemático, tan ilusoriamente totalitario? ¿Por qué nos parecería una estupidez considerar real el recuerdo de una experiencia pasada, y sin embargo, otorgamos realidad a la línea imaginaria que supuestamente “une” el tiempo pasado, el tiempo presente y el tiempo futuro con este “ahora” temporal, el único tiempo en el que sucede la experiencia de la existencia?

La razón esencial de ese enjaulamiento global del tiempo, obedece a las necesidades de la revolución industrial. Como se comentaba, hasta el siglo diecinueve no existía una cultura del reloj, siendo ésta propiciada por las grandes fábricas como vía para alienar a los trabajadores en la necesidad de cumplir una pauta reglada y fija de producción, como una extensión de las máquinas. Los relojes comenzaron a aparecer en 1830 en las torres de las fábricas en Gran Bretaña; era una manera de hacer presente la existencia del tiempo y la necesidad de someterse a él (y por supuesto, de no poder darse la excusa de ignorar la hora en que se había entrado a trabajar). Los trabajadores de entonces los destrozaron al sentir herida su dignidad, por considerar una ofensa para el espíritu humano el comparar su tiempo con la automatización de las máquinas.

Hoy en día puede resultar incomprensible su reacción; tal es el grado en que hemos asumido con normalidad nuestra doblegación al tiempo horario.  Con el transcurrir de las generaciones no sólo nos hemos doblegado a la estructuración del tiempo -vallado por franjas de segundos, minutos y horas-, sino que además hemos caído como colectivo en el otro lado del entramado industrial: de trabajadores sometidos al horario laboral, hemos pasado a convertirnos también  en consumidores alienados. Hoy en día, donde el factor esencial de la producción estriba en producir más deprisa, se hace necesario un consumo creciente -equivalente al aumento de producción- para que la economía se mantenga equilibrada. El consumo por el consumo y el ansia por ganar tiempo al tiempo (convertida en un fin por sí misma), son algunos de los amargos frutos de esta visión enfermiza.

Muchas personas y colectivos se han dado cuenta del sinsentido y la locura que implica esta forma vital de concebir el tiempo. Así, nació slow movement, un movimiento presente en más de cuarenta países, y que busca una ralentización del ritmo de vida como vía imprescindible para disfrutar del trabajo, de las ciudades, de la comida y de los pequeños detalles que constituyen nuestra experiencia cotidiana del vivir. Se hace por tanto necesaria una comprensión esencial de la forma en que países menos ricos pero más felices abordan su tiempo, de cara a intentar equilibrarla con nuestra actitud “ansiosa”.

Por ejemplo, los universitarios de Oxford o Cambridge, quienes representan a la futura cúspide del liderato empresarial, se encontraban tan saturados de estudios, programas y actividades, que habían dejado a un lado el factor creativo y el disfrute de las cosas. Al comprobar el nivel de ansiedad en el que vivían, se les aconsejó que bajaran el ritmo.  A pesar de ser excelentes estudiantes, habían caído en la misma actitud errónea a la que se le incita a caer a cualquier persona corriente: nos llenamos de actividades para mantener la mente ocupada al máximo y evitar así ahondar en las cosas que realmente nos importan y a las que deberíamos dedicar nuestro tiempo y atención.

Una de las consecuencias de vivir en un estado de constante ansiedad, es que nuestro comportamiento tiende a ser superficial, alterado, agresivo… Se hace necesario recuperar ese estado de calma -de reflexión antes que de reacción- que posibilite las relaciones humanas profundas y el disfrute de los pequeños detalles: la sublimación de la paciencia… El principal obstáculo es el tabú cultural que nos hace considerar la lentitud como un sinónimo de torpeza o estupidez, frente a la eficacia de lo rápido. La velocidad se convierte en problema sólo cuando es una opción asociada a prácticamente todo lo que hacemos. Hoy en día, si preguntamos a cualquier ciudadano “como estás”, suele responderse que “muy ocupado”, como dando a entender con ello que se es moderno, que aprovecha su tiempo, que es productivo. El mensaje “Soy tan importante que ni siquiera tengo tiempo para atenderte” suele considerarse un reflejo inevitable del éxito.

Según Jonathan Gershuny, Director del Departamento de Sociología de la Universidad de Oxford,  la denominada “insignia del honor” la establecía antiguamente la holgazanería. El pudiente vivía para dispendiar la fortuna de sus padres, y ese proceder evidenciaba su nivel social. El problema surgió con el aumento de la esperanza de vida. Antes, las personas morían a los cuarenta o cincuenta años, por lo que sus hijos obtenían toda su fortuna en la juventud.  En la actualidad, la esperanza de vida supera los setenta u ochenta años, y desde los sesenta  o antes, muchos entienden la etapa dorada del júbilo como una época en la que gastar su fortuna antes de que llegue la muerte, por lo que sus hijos ya no lo heredan todo, o  lo hacen cuando parte de su juventud -si no toda- se les ha ido.  En esta nueva realidad los ricos educan y entrenan  a sus hijos para que ganen grandes sueldos y no dependan sólo de su patrimonio. Por esa razón, la clase dominante, la que antes holgazaneaba como signo de distinción, hoy reflejan su posición manteniéndose ocupadas.

Esa mala fama de la ociosidad se ha masificado hasta tal punto, que muchos consideran que no hacer nada es patético; que “hacer es vivir” y que “no hacer nada es no existir”. Ante esta perspectiva general, se debe mantener la fortaleza en nuestros valores personales si se quiere intentar vivir en contra de la corriente aún mayoritaria que considera perder el tiempo (y  la vida)  el dedicarse aparentemente a no hacer nada  salvo disfrutar del instante, sin horarios ni actividades, sin condicionamiento previo alguno. Vivir, tan solo.

No sabemos si nos dirigimos al hombre holgazán o al hombre activo, pero sí  que cada vez  será menos necesaria  la mano de obra, por cuanto la tecnología la irá reduciendo paulatinamente.  En el año 1820 se trabajaba 70 horas a la semana; en 1860, 60 horas; en 1960, 40 horas… y se estima que en el 2015 se trabajará una media de 20 horas semanales. El problema apuntaría entonces, no al trabajo en sí, sino a qué harán tantos millones de personas con su creciente tiempo libre. Por ahora, la solución ha sido crear nuevos puestos de trabajos -acordes al desarrollo tecnológico- como vía para permanecer activos y no afrontar el vacío que genera la libertad de su ocio.

¿Hasta qué punto “ser activo” ha sido y es una respuesta individual y voluntaria -que afirma nuestra personalidad- o más bien una coacción social para vivir más deprisa y formar parte de la maquinaria social?

¿El temor a formarnos un criterio sentido y profundo sobre nuestra muerte,  es lo que nos impele a vivir deprisa y a intentar llenar con emociones y “cosas” el vacío que evidencia en su creciente aumento nuestra cercanía a la experiencia que presentimos como nuestra desaparición –quizás con preámbulo doloroso- en la nada?

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