Conciencia, libertad y obediencia (I)

“Casi todas las personas viven la vida en una silenciosa desesperación”

Henry David Thoreau

En 196l, el psicólogo e investigador Stanley Milgram realizó un experimento para medir el poder que era capaz de ejercer la autoridad sobre un individuo, hasta el punto de incitarle a realizar acciones que entraran en profundo conflicto con su conciencia personal. Las conclusiones fueron resumidas en su artículo “Los peligros de la obediencia”.

Simulando ser parte de un proceso de investigación científica sobre la memoria, una persona debía preguntar por la palabra asociada en una lista que el otro participante (un actor) había tenido que memorizar en un minuto. Cuanto más se equivocara éste, más intensa sería la descarga eléctrica que por medio de un dispositivo tendría que administrarle el otro sujeto de investigación (el único real del experimento).

En palabras de Stanley Milgram: “El profesor es un sujeto auténticamente ingenuo que acudió al laboratorio en respuesta a un anuncio publicado en un diario local solicitando voluntarios para un experimento científico sobre la memoria. El “alumno” o víctima es un actor que en realidad no recibe ninguna descarga […]El conflicto se plantea cuando el hombre que recibe la descarga empieza a mostrar su molestia. A los 75 voltios refunfuña; a los 120 se queja en voz alta; a los 150 pide que dejen de probar con él. Cuando aumenta el voltaje sus protestas son más vehementes y emocionales. A los 285 voltios lanza un grito de agonía; poco después no emite ni el menor ruido […] El manifiesto sufrimiento del “alumno” le empuja a abandonar la prueba. Pero cada vez que duda en administrar una descarga, el experimentador le ordena seguir. Para zafarse de su compromiso, el sujeto debe romper decididamente con la autoridad […]”*.

¿Hasta qué punto y en qué circunstancias la conciencia individual ha de someterse a los dictados sociales que nos impelen a realizar actos contrarios a nuestros valores personales? ¿Vivir en sociedad, en cualquier sociedad, lleva implícito renunciar a parte de nuestra autenticidad o a proyectar deliberadamente un comportamiento contrario a lo que realmente creemos, pensamos o sentimos? Se abre aquí un debate intemporal sobre el grado de sumisión que un individuo ha de asumir -reflejándose en la pérdida de un porcentaje de su libertad y autenticidad ante la sociedad a la que pertenece- como pago inevitable a su integración en ésta como ciudadano socialmente aceptado e integrado. “Los filósofos conservadores sostienen que la desobediencia atenta contra la misma trama de la sociedad, mientras los humanistas recalcan la primacía de la conciencia individual”*.

Los resultados del experimento fueron sorprendentes, por cuanto echaron por tierra todas las predicciones, positivas y prudentes de psicólogos y psiquiatras: de los cuarenta “profesores” participantes, veinticinco obedecieron hasta las últimas consecuencias, castigando en reiteradas ocasiones con descargas de 450 voltios (como todos sabemos, la corriente eléctrica de nuestros hogares no supera los 220 voltios). Buscando la máxima fiabilidad posible en sus resultados, el experimento fue repetido “en Alemania, Italia, Sudáfrica y Australia, y el grado de obediencia resultó siempre algo mayor que el hallado en la investigación de que se habla en este artículo. El experimentador de Munich comprobó que 85 por ciento de sus sujetos obedecieron”*.

La interpretación de tan sorprendentes resultados se fundamentó en la existencia de instintos agresivos presentes aunque reprimidos en todo ser humano; instintos que son manifestados y traídos a la luz de la conciencia cuando se legitiman socialmente. Este proceder se manifestó, por ejemplo, en la Alemania de los inicios de la segunda guerra mundial, cuando la xenofobia hacia el pueblo judío alcanzó tal grado que llegó a considerarse aceptable la exteriorización del rechazo a su presencia. Una vez abierta la veda, ese rechazo devino en odio y luego en violencia, convirtiéndose en objeto de desahogo de los miedos y las sombras de toda una nación.

Cuando al “profesor” se le brindaba la posibilidad de escoger la potencia de las descargas, evitaba las más intensas, pero si se le exigía que cumpliera el orden ascendente de descargas, el individuo consideraba que su libertad de elección se restringía y por tanto también su responsabilidad, convirtiéndose entonces -al menos a su criterio- en un mero engranaje del proceso. El individuo escoge protegerse dejando de tomar consciencia del proceso completo en sí, centrándose tan solo en la parte que ejecuta y no en sus consecuencias, eludiendo así afrontar su grado de responsabilidad.

Este planteamiento de responsabilidad limitada a nuestra función, fundamenta en gran medida nuestra perspectiva como sociedad. Uno de los ejemplos más evidentes es el del ensamblador de armas que cumple diligentemente su horario de trabajo y rehúsa plantearse seriamente la evidencia de que esa arma que monta y calibra con profesionalidad y esmero, tendrá como utilidad matar personas. También lo evidencia el caso del verdugo que realiza su labor, sintiéndose libre de responsabilidades ante el hecho en sí, al haber sido dictada la ejecución por otra persona en su calidad de juez, quien a su vez siente que sólo se limita a interpretar la ley que aprueban los responsables de los órganos de poder, quienes consideran que sólo se limitan a dictar por el bien general de la comunidad a la que representan… “El hombre que en el campo de concentración echaba el Ciclón-B en las cámaras de gas, podía justificar su conducta diciendo que se limitaba a cumplir órdenes superiores. Así, existe una fragmentación del acto humano total; nadie se enfrenta a las consecuencias de haber decidido ejecutar un acto infame. La persona que asume la responsabilidad se ha evaporado. Quizá sea éste el rasgo más común del mal socialmente organizado en la sociedad moderna” […] Esto puede ser ejemplo de una peligrosa característica de las sociedades complejas: es fácil pasar por alto la responsabilidad cuando uno es solamente un eslabón intermedio de una cadena de actos”*.

Otro punto interesante que reveló el estudio es que a los participantes “les resultó más fácil resolver su conflicto interior que rebelarse contra las órdenes recibidas”*. La mayoría de los “profesores” protestaban contra la autoridad por el hecho de tener que seguir castigando con descargas intensas, si bien ante la insistencia del examinador (la personalización de la autoridad) continuaban ejecutando su función, aunque a regañadientes. “Es curioso que, entre las fuerzas que impiden romper el vínculo de obediencia en el sujeto, obre esa especie de “compasión” o resistencia a “lastimar” los sentimientos del experimentador”*. Es decir, le afectaban más los sentimientos de la autoridad que los de la víctima, especialmente cuando la autoridad estaba presente. (En los casos en que las directrices eran recibidas sin estar presente, la sumisión a sus órdenes era muy inferior.)

“El resultado más trascendental es que la persona se considera responsable ante la autoridad que la dirige, pero no del contenido de los actos que le ordenan ejecutar. No desaparece la moralidad, sino que toma un foco radicalmente diferente: la persona subordinada siente orgullo o vergüenza, según haya desempeñado bien o mal el cometido que le encargó la autoridad”[…] La razón que aducen con más frecuencia en su defensa los individuos que han cometido alguna acción nefanda por órdenes superiores es afirmar que lo hicieron en cumplimiento de su deber. Al defenderse así, no están alegando un pretexto que se les ocurre de momento, sino hablando sinceramente, pues tal actitud psicológica es resultado de su sumisión a la autoridad”*. Se suceden en esta situación ciertos comportamientos que tienden a menguar la sensación de inferioridad y del conflicto interior que esa sumisión genera. Algunos “profesores” al escuchar los primeros gritos de dolor reían involuntariamente, como una vía instintiva de liberar tensión cuando el conflicto interior comenzaba a sobrepasarles; otros, oprimían el botón de descargas suavemente, como dando a entender con ese gesto que no querían generar la brutal descarga que el “alumno” recibiría.

Un dato final que resulta tan desconcertante como preocupante: “es importante señalar que en nuestros trabajos la autoridad del experimentador era débil, puesto que no tenía casi ninguno de los recursos de represalia disponibles en las situaciones ordinarias de mando. Por ejemplo, el experimentador no amenazaba a los sujetos con castigos por desobedecer (como es la pérdida de ingresos, ostracismo de la comunidad o cárcel). No podía ofrecerles incentivos. Esperábamos que la autoridad del experimentador fuera mucho menor, por ejemplo, que la de un general, un patrono e incluso un profesor que tuviera atribuciones para imponer sus órdenes. Y pese a estas limitaciones, todavía lograba un grado alarmante de obediencia”*.

Afortunadamente fueron halladas dos variables que debilitaban considerablemente esta tendencia a la obediencia. Una, se producía cuando eran varias las personas que actuaban como autoridad y las órdenes que daban resultaban contradictorias entre sí, generando en el “profesor” la duda: se hacía necesario dictar órdenes sencillas con afirmaciones claras y acotadas, y repetirlas constantemente para que calaran en el subconsciente. Otra, evidenciaba el poder que puede tener un grupo para contagiar actitudes: en pruebas realizadas con grupos, el ejemplo de una sola persona que desobedecía, incitaba a otros a seguir su ejemplo (por sí mismos y por la presencia observante del grupo), aunque muchos afirmaron posteriormente que hubieran actuado de igual modo de realizar el experimento como sujetos aislados. “El gran peligro [para la autoridad] está en que un solo desertor pueda despertar las conciencias de otros”*.

En el último párrafo de su artículo, Stanley Milgram brinda una alternativa siempre presente en cada ser humano y que da valor, sentido y esperanza ante un panorama aparentemente tan desolador:”¿Podremos evitar de algún modo este potencial aterrador, esta fácil aceptación de la autoridad, aún la mal dirigida o la perversa? Quizás seamos marionetas o muñecos movidos por los hilos de la sociedad. Pero al menos somos marionetas con percepción, con conciencia. Y tal vez nuestra conciencia sea el primer paso para liberarnos”*.

Sin duda, cuidar y valorar nuestra conciencia -nuestro darnos cuenta de las cosas y actuar en consecuencia-, es el primer paso hacia el logro de nuestra libertad individual, incluyendo en ese noble camino la rebeldía ante nuestras propias cadenas. Todos hemos sido condicionados de algún modo desde niños para llevar siempre a cuestas a nuestro propio carcelero. Es esa voz que nos controla para que no manifestemos todo lo que no sea socialmente aceptable; la que nos reprocha por actuar o no de tal o cual modo; la misma que sitúa los dictados de cualquier autoridad por encima de los propios. Esa voz que nos achica para no ser quienes somos; que nos anula; que nos reduce a mera herramienta de fines que ignoramos o que nos son ajenos; que nos ata a la sumisión por razones ideológicas más o menos comprendidas -pero ante todo, por miedo. Es esa misma voz que nos enseñó a asociar desde críos, que ser bueno se logra siendo siempre obedientes. Darnos cuenta de los mecanismos de esa voz limitadora -ser conscientes de su existencia en nosotros- es despertar a nuestro propio liderazgo: a nuestra responsabilidad y derecho a recuperar nuestra libertad individual, la única que puede llegar a ser plena y realmente auténtica.

* Publicado en 1963 en el número 67 de la revista “Journal of Abnormal and Social Psychology” bajo el título “Behavioral Study of Obedience”, “Estudio del comportamiento de la obediencia” y resumido en 1974 en su libro “Obedience to Authority. An Experimental View”. New York: Harper & Row. (Tradución al castellano, “Obediencia a la autoridad. Un punto de vista experimental”. Desclée de Brouwer, Bilbao).

-El artículo “Los peligros de la obediencia”

.-Un documento poco conocido, donde un joven y didáctico Stanley Milgram expone su planteamiento sobre la obediencia y el comportamiento humana. (en inglés).

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2 thoughts on “Conciencia, libertad y obediencia (I)

  1. “¿Hasta qué punto y en qué circunstancias la conciencia individual ha de someterse a los dictados sociales que nos impelen a realizar actos contrarios a nuestros valores personales?”

    Será cada cual quien valore si,en esa situación o ante tales circunstancias,debe someterse o no (no es lo mismo perder un trabajo que el que la vida de un ser querido esté en peligro,por ejemplo,y enfatizo lo de querido).

    “¿Vivir en sociedad, en cualquier sociedad, lleva implícito renunciar a parte de nuestra autenticidad o a proyectar deliberadamente un comportamiento contrario a lo que realmente creemos, pensamos o sentimos?”

    No sabría decirte.Hombre,hacemos cosas que no nos apetecen en ese momento pero nos sentimos obligados (madrugar,por decir algo muy simple aunque no afecte a todos,es un ejemplo).Supongo que depende de que´sea eso a lo que tenemos que renunciar…Lo de la autenticidad,en fin,a veces no tengo claro qué es ser eso(y aquí encadenaría con el artículo porque estamos al albur de la publicidad y manipulación del Poder..por muy al loro que queramos estar,sus tentáculos y maniobras son arteras y sibilinas (debo tener el día conspiranoico porque,sinceramente,creo que nos dirigen y manipulas bastante mas de lo que creemos y con el agravante de vendernos continuamente la idea opuesta,por no hablar de la rebelión en el molde que decía Krishnamurti).

    Tan solo hace un par de horas,hablando con un amigo,psicólogo él,comentábamos este trabajo de Milgram (¿existe la casualidad?) y él se preguntaba por qué los trabajos subsiguientes se orientaron a saber más sobre el grupo que obedecía y no sobre los desobedientes.Le dí mi respuesta pero dejo la pregunta ahí.

    Excelente artículo,Juan y muy adecuado y conveniente para esta época en la que,con la que está cayendo desde hace unos años,de la situación islandesa,por ejemplo,se habla casi nada…

    Para terminar,la desobediencia también puede tener sus peligros para la sociedad…el eterno equilibrio entre lo que a veces percibimos como opuesto siendo simplemente complementario.El ser humano se pasa la vida buscando el centro/equilibrio…por eso es tan importante el autconocimiento,aquéllo de “la verdad os hará libres”,claro que su búsqueda es un sendero personaly,a veces,muy difícil…al final siempre volvemos al mismo punto,toquemos el tema que toquemos:la esencia del Ser.

    Perdón por la extensión y muchas gracias,Juan.Fascinante tema y excelente trabajo.Saludos

    • Gracias cristian. Me ha hecho pensar esa pregunta que compartía tu amigo psicólogo. Entiendo que los desobedientes, junto con un marcado criterio personal o el carácter, lo son también por experiencia.

      Creo que siempre volvemos a lo único verdadero en la experiencia vital de cada persona: su conciencia de la esencia del Ser. Su grado de apertura al aprendizaje de la Vida.

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