¿Qué es ser de derechas o de izquierdas?

Desde una perspectiva histórica, recientemente han acaecido dos grandes sucesos que han dejado sin fundamento la división de opciones políticas en términos de izquierdas o de derechas: la caída del muro de Berlín y el fin del comunismo en la Unión Soviética. Estos paquetes dualísticos de estructuras ideológicas han quedado reducidos a rémoras de un enfoque de acción política que subsiste por mera inercia. Un creciente número de ciudadanos se ha hecho consciente de esta realidad y proclama una vuelta a los orígenes, cuando la Política se resumía y concretaba en la acción necesaria para satisfacer las necesidades de la comunidad; si había personas débiles o enfermas, se les atendía; si algunos tenían hambre, se les alimentaba y ayudaba para que hallaran sus fuentes de sustento; si un anciano se hallaba en sus últimos días, se le intentaba hacer menos doloroso el tránsito hacia el otro mundo. El enfoque no se situaba tanto en el medio de intercambio -en el símbolo del dinero, que más tarde sustituiría al trueque-, sino en los límites que acotaban la dignidad inherente a nuestra condición humana. Bien es cierto que según esa comunidad iba aumentando en integrantes, el valor del individuo iba menguando en incremento del supuesto bien del conjunto, tal y como señala la metáfora del cuarto de baño de Isaac Asimov.

En esa transición del individuo al bien colectivo, la razón que hilvanaba el pensamiento se fue desligando del sentir del “corazón” (de ese respeto a la dignidad del ser por ser –del ser humano y de todo ser vivo-), y fue el endeble hilo de la razón el que acabó estructurando sus sistemas de convivencia. Pero al hacer esto, fuimos apartándonos de ese punto central del enfoque humano: el de la dignidad, la sacralidad, el respeto que implica la vida en sí y todas sus manifestaciones comenzando por nuestra propia especie, cuyo misterio va más allá de esa maravillosa singularidad que nos hace ser consciente de nuestra propia existencia. Y las civilizaciones -esos sistemas ideados para estructurar la convivencia masiva de individuos-, fueron sucediéndose a lo largo de la historia una y otra vez intento tras intento, anclados en la premisa de la eternidad de su permanencia; y  en casi todas ellas fue la lucha ciega y desesperada por poseer los escasos recursos del momento, lo que provocó finalmente su derrumbamiento. Y desaparecieron. Y al hacerlo, la vida tuvo la oportunidad de experimentar un nuevo intento.

Pero volviendo al presente y retomando el interrogante que el título plantea, en general sólo existe hoy en día una clase de partidos mayoritarios: conservadores. Y no por ese extinguido juego de roles ideológicos al que tratan de dar vida y realidad en sus burocráticos careos representados al calor de sus asientos en los plenos, según la conveniencia del momento, el asunto en cuestión o el color de sus partidos; un sistema de acción política que con el devenir del tiempo resuena en este presente –parafraseando al excelente verso de T.S.Eliot– hueco, vacío, lleno de paja, de voces muertas…  Y si como señala nuestro sistema de convivencia,  la opinión mayoritaria se refleja en el espectro representativo que nos “administra”, se podía afirmar también que previsiblemente existe una mayoría de personas que por conveniencia o miedo se sienten y actúan como conservadores: ciudadanos, individuos y votantes que quieren que el estado de las cosas mejore pero sin torcerse demasiado el rumbo de lo que siempre ha sido.

Para que una sociedad sea dueña de su destino ha de ser asumir primero su grado de responsabilidad. Y como una “sociedad” es un ente abstracto que se convierte en realidad gracias a la realidad de los individuos que la conforman y le dan vida, podría concluirse que la sociedad será dueña de su destino cuando llegue a estar conformada por una suma lo suficientemente amplia de ciudadanos, de individuos, de personas que en todos sus frentes vitales asuman su libertad y su responsabilidad y voluntariamente se impliquen en el rumbo de sus asuntos y de la sociedad que los conforma. Dentro de ésta, los pobres de solemnidad no sólo han sido desprovistos de su dignidad, sino que se nos educa para no percibir siquiera su existencia. Los ciudadanos que se han salvado de esta criba de pobreza no han podido sin embargo evitar que muchos derechos sociales y laborales que otras generaciones consiguieron a base de lucha, tesón y denodado esfuerzo, hoy sean eliminados del mapa por un plumazo firmado en algún despacho ministerial a instancia o sugerencia de alguna institución europea. Y es que, de aquellos polvos en forma de subvenciones millonarias europeas que endeudaron nuestras instituciones por el mal hacer de sus gestores, vienen estos lodos en forma de sumisión a las directrices económicas europeas y de pérdida de hegemonía como pueblo y como nación.

Por eso esta crisis no se solucionará eligiendo una de las dos vías, derecha o izquierda, porque en los hechos este sistema global sólo se mueve desde lo económico. No hay un nexo con las civilizaciones pasadas que tomaban como un valor esencial la vida en sí, pero sí con la reacción de las civilizaciones cuando se sentían en peligro: luchar a toda costa por poseer los recursos que les permitan perpetuar en lo posible su subsistencia. Actualmente nos encontramos con una situación única: una civilización global de siete mil millones de personas que depende como suma de sociedades del bien material del petróleo. Este enfoque ciego en lo económico -al símbolo, en total perjuicio de la realidad humana- es en los hechos una tentativa en proceso de Dictadura global: una sumisión deshumanizada de guante blanco envuelta en índices, estadísticas y términos bursátiles.

Intentemos ver más allá de la realidad que nos recrean los medios. Vivamos el presente conscientes de que somos parte de una sociedad perdida que pretende en su ciego afán de subsistencia someternos por completo como seres humanos a los dictados de las cifras y los datos. Sólo así –comenzando por asumir y darnos cuenta de lo que estamos viviendo- podremos quizás evitar caer de nuevo en el mismo error que se ha repetido a lo largo de nuestra Historia. Ni izquierda, ni derechas, ni centro: un número minoritario pero cada vez más creciente de personas que nos damos cuenta de que somos una sola especie en un único planeta que nos invita a despertar y trabajar  más allá de naciones e idealismos, por un mundo más solidario, más sano y más acorde a la dignidad de nuestra naturaleza.

Publicado conjuntamente en Fundación Civil

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2 thoughts on “¿Qué es ser de derechas o de izquierdas?

  1. Lo subscribo, Juan. Lo de derechas y de izquierdas creo que ya debe pasar de moda… Es un mensaje utilitario, nada positivo en estos tiempos, tanto en cuanto nos divide. Es hipnótico para muchos. Manipulación para que seas “de los suyos”.
    Más allá de la ideología, está el hombre

    Fuerte abrazo,
    José Ignacio

    • Me quedé con esa frase final: “Mas allá de la ideología, está el hombre”.
      Me temo que esa cada vez más creciente intrusión en lo virtual nos está alejando de la experimentación del hombre como ser; de su viviencia existencial plena. Nos está intoxicando, anestesiando y anulando.
      Abrazo fuerte 🙂

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