Más allá del “buenismo” y del fatalismo (I)

“Con el temor comienza toda sabiduría, y quien no tiene temor, no puede saber”
Francisco de Quevedo

Desde hace un tiempo cobra uso el término “buenismo”, referido a una visión sentimental que enjuicia con excesiva indulgencia la naturaleza bondadosa de instituciones y personas. En su contrapartida nos encontramos con el término “fatalismo”, lamentablemente muy presente en estos tiempos, que aparca al ser humano como sujeto determinante y lo reduce a una mera marioneta víctima del choque de circunstancias. Como suele suceder en casi todos los aspectos de la vida, es la mesura del punto medio –o en este caso, mejor aún, el trascender ambos focos polarizados- el posicionamiento que suele brindarnos una percepción más cercana a la complejidad de factores que se cruzan y entretejen en eso que -con el sentido pragmático propio de todo lenguaje- reducimos al concepto de “la realidad”.

Hasta hace unos pocos años, plantear la existencia de una crisis creciente era considerado un gesto de fatalismo propiciado por la cercanía del 2012. Existía una percepción general de estar atravesando un mar más revuelto que la revoltura “normal” a la que lamentablemente nos hemos acostumbrado en este mundo globalizado –esto es, terrorismo suicida en determinados puntos del planeta, hambruna en otros, desastres medioambientales, conflictos en los países del Este, en Sudamérica, etc-, pero en general, como país nos sentíamos seguros, navegando en un barco moderadamente estable, acompañados y protegidos por una flota de países comprometidos por y con el proyecto de la Unión Europea; algunos, auténticos pesos pesados en el calado mundial. Eran tiempos de aguas procelosas en el mundo, pero parecía que como nación estábamos en la flota de los fuertes. Así nos lo hacían sentir al menos.

Cuando surgió el llamado “problema griego”, algunas voces acreditadas insistieron en la necesidad de que nuestros dirigentes tomaran nota de lo que allí estaba ocurriendo y pusieran nuestras barbas nacionales a remojar; pero fue como predicar en el desierto. Con cierto distanciamiento no exento de cobardía, fuimos testigos de cómo el sentido patriótico de una nación (irónicamente, cuna de la Democracia) era vejado, manipulado, humillado y ridiculizado por los medios informativos europeos y por los responsables político económicos de la Unión Europea. Parecía que a Grecia le había tocado convertirse –aunque bien se lo había buscado sus dirigentes- en el patito feo, en la oveja negra del proyecto europeísta. Como si de un inquilino moroso se tratase, admitimos tal linchamiento a su dignidad nacional creyendo que con aquello pasaría lo que con el perro rabioso: que muerta su mala gestión se acabaría la rabia. Pero lejos de acabar, empezó a extenderse un creciente y alarmante tufillo sureño cuyo hedor contenía dos temibles componentes: insolvencia y miedo. Tras el varapalo a Portugal, comenzaron a surgir las primeras voces dando la señal de alarma respecto a España y con cierto distanciamiento a Italia.

El espíritu unionista europeo se tambaleaba, reduciéndose en los hechos a una megaestructura burocrática centrada en sostener un tinglado enrevesado de acuerdos políticos, empresariales y económicos intraeuropeos que al grueso de la población europea se nos escapaba… Se ahogaba así cualquier tendencia de confluencia social entre los distintos pueblos de Europa. No surgían tampoco de forma espontánea iniciativas de unificación cultural, intelectual, artística, etc. Parecía, en suma, que el deseo de unificación europea no había calado profundamente en la fibra de sus habitantes. Quizás pesaba más de lo admitido la historia divergente y a veces beligerante de sus distintas naciones; quizás también la ausencia de una lengua común que facilitara el entendimiento y avivara el espíritu fraterno.

En todo caso, lo que sí resulta evidente es que Europa, como conglomerado político de naciones, está cada vez más desilusionada y empobrecida tanto en lo económico como sobre todo en sus valores sociales. El factor humano en el panorama político ha quedado relegado a mera sombra, ciega y muda, ante la actitud sumisa y a veces cómplice de sus líderes. A nivel gubernamental, hemos caído en la pura y dura tiranía razonada del dinero. Los drásticos recortes a los recursos sociales -considerados hasta ahora esenciales en cualquier país desarrollado-, tratan de justificarse popularmente apelando a razones de desequilibrios entre los distintos baremos económicos internacionales, a pesar de que la mayoría de los ciudadanos seamos legos en estas materias. Como contrapartida, a nivel puramente social, la mayoría de los ciudadanos europeos ansiamos y deseamos un retorno a un equilibrio sanamente cuerdo y sensato de las prioridades de nuestros gobiernos, exigiendo –aunque aún muy bien sin saber cómo- que los valores sociales y humanos retomen el protagonismo que por naturaleza le corresponden.

Existe una peligrosa percepción social de estar siendo expoliados a golpe de normativa; de vivir sometidos a un sistema cada vez más abiertamente decantado en exclusividad a los intereses de las grandes corporaciones empresariales y bancarias. Es una percepción peligrosa por cuanto genera descrédito ante los pilares que debieran sustentar cualquier sociedad democrática; y junto al descrédito, una energía que siempre resulta peligrosa cuando no se domina: miedo. Y una sociedad temerosa y sin fe en su gobierno ni en el sistema democrático de su país… da miedo en su miedo.

Publicado inicialmente en Fundación Civil

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