Control, aceptación y prioridades

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Desde muy chico nos enseñan a comportarnos de una forma “correcta” en la carrera por la vida. Aprendemos a no ser naturales si esto supone incomodidad para el resto. Aprendemos a mentir amparados en el ritual de las “buenas formas”, necesarias para poder interrelacionarnos en el inevitable juego de la sociedad. También nos enseñan a competir, y nos hacen experimentar el fracaso de ser el más tonto o el premio del más listo, señalándonos como tales en medio de la clase, obligados a asumir las burlas de unos y la envidia de los otros.

Luego de la escuela viene nuestro rol como trabajadores, y aprendemos de igual modo a mantener una actitud de control en nuestra forma de actuar, y de igual modo también el espíritu competitivo nos premia o nos castiga. Caemos en el tonto consuelo del consumismo.

Y así avanzamos… En algunos casos también ahí morimos. En otros, algo sucede que nos obliga a plantearnos el sentido de nuestra vida -de tal y como nos han enseñado a llevar nuestra vida-. Generalmente esa llamada al despertar suele ser por sufrimiento. El vacío del sinsentido de estar desconectados con quienes somos en nuestro corazón, de actuar casi como autómatas, de vivir una vida que no vivimos como nuestra. Ahí comienza la “ruptura”.

¿Y qué aprender? Pues aprender a desaprender todos esos parámetros que, como en un ordenador, han configurado nuestra forma de entendernos a nosotros y a la vida. Aprender a estar presentes en el presente, donde realmente sucede y existe la vida. Aprender a tomar contacto espontáneo, natural y fluido con nuestro sentir, con nuestro cuerpo. Aceptarnos tal cual somos y permitirnos estar donde estemos.

Se trata del retorno a la unicidad de la existencia. La unificación con la experiencia de la vida. Experiencia que como tal sólo sucede en el eterno presente, momento a momento.

Así, el dios del control ha de morir y recobrar su modesta posición: necesario para evitar dañarnos o cometer errores obvios, pero un verdadero obstáculo para integrarnos en la vivencia del presente. El control ha ceder su posición de dominio y entregárselo por completo a la aceptación. Aceptación que en modo alguno es resignación. Aceptación en el sentido de permitir que la vida se realice y que lo haga también en nosotros y por medio de nosotros.  Y comprender desde la raiz del corazón que esta experiencia sólo puede ser en la única realidad del momento presente. Una comprensión existencial, experimental, vívida, más allá de la mera comprensión intelectual o conceptual. Una comprensión convertida en vida : )

No resistirnos por medio de juicios a lo que es, porque el mero hecho de juzgar, ilusoriamente nos separa de la Unicidad de la vida.

¿Y si sucede lo inesperado? ¿Y si perdemos el control y la seguridad? ¿Qué hacer entonces? Pues abrazar la experiencia. Y dar gracias a esta experiencia que te invita a sentirte Vivo.

Y sonreir por fuera y por dentro.

Y si volvemos a sorprendernos alejados de la realidad del presente, perdiéndonos la vida mientras rumiamos  juicios sobre el pasado o el futuro, no caer en la inercia de volcar el juicio y la fustración sobre nosotros mismos. Aceptar, Permitir, Confiar y Sonreir.

Gracias por estar ahí.

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