Juzgando al que observa al otro lado de la pantalla

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Hoy en día resulta difícil navegar por la red sin caer en alguna tormenta de prejuicios insultantes. Hace unos años, no muchos, expresar la alegría por la enfermedad o por la muerte de una persona conllevaba el cese fulminante de quien hacía esas manifestaciones públicas, tanto de las instituciones de las que formara parte como en su ámbito privado. Asociaciones, empresas, amistades y vecinos repudiaban a quien se comportara indignamente, alentando el odio, la violencia y la deshumanización de las personas.

Hoy en día, un errado y moralino sentido de la libertad ha propiciado el que, por un lado, se pretenda una igualdad asexuada e innatural entre las personas, en vez de un sentido natural de la equidad entre los individuos; que es el que ha primado por orden natural en la historia de la humanidad en las distintas asociaciones comunales que han conformado tribus, pueblos y civilizaciones.

Ese enfoque aleccionador público y moralino que ha adoptado la actual conciencia de la sociedad, choca radicalmente -como no podría ser de otra manera por su estado innatural y falsedad-, con la actitud cotidiana de los individuos que la integran, y que expresan y prejuzgan las opiniones y criterios de las personas, grupos e instituciones, bajo un enfoque de dialéctica agresiva que cae fácilmente -más por debilidad de criterio que por descontrol emocional-, en la burla descarnada del insulto más hiriente, si no en el puro y duro sadismo. Hoy en día esa actitud pobre y miserable respecto al valor de nuestra humanidad, se engloba con el eufemismo de “humor negro”.

¿Tiene sentido enjuiciar a quienes así enjuician por vicio o incapacidad? Puede que sí o puede que no. En todo caso, lo que se anima con estas palabras es a que cada cual se libre del adoctrinamiento con que adoptamos el patrón de creencias de cualquier “ismo” -religioso, económico, filosófico, político, etc-. Sin duda será más difícil y solitario recorrer el camino en la soledad de nuestro imperfecto criterio, pero de algún modo, en nuestra incapacidad inherente humana, ese deseo de conocimiento honesto será más limpio, más certero, más libre.

Así quizás algún día la sociedad pueda decirse a sí misma: líbreme del adoctrinamiento de todo “ismo”, que de mi vida me ocupo yo.

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