La ausencia total del “hacedor”

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Cierta mañana acudió entre los visitantes un profesor de filosofía, procedente del norte de la India. Ya había visitado a Maharaj varias veces. Aquella mañana lo acompañaba un amigo suyo, que era un artista de cierta categoría, pero que al parecer no tenía ningún interés especial por los temas de lo que habla Maharaj.

El profesor abrió el debate. Dijo que le había impresionado tanto lo que le había dicho Maharaj en su última visita, que cada vez que pensaba en ello sentía como si lo recorriese el cuerpo una oleada de vibraciones. Maharaj le había dicho que el único “camino” para volver atrás era aquel mismo camino por el que había llegado, y que no había ningún otro. El profesor dijo que aquella frase le había tocado una fibra muy honda, sin dejar lugar a las dudas ni a las preguntas. Pero, más tarde, cuando se había puesto a pensar profundamente en la cuestión, sobre todo en el “cómo”, se había encontrado enredado irremediablemente en una maraña endiablada de ideas y de conceptos. Dijo que se sentía como un hombre que hubiera recibido el regalo de un diamante precioso pero que lo hubiera perdido después. ¿Qué debía hacer ahora?
Maharaj empezó a hablar en voz baja. Dijo:

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Sé fiel a tu propio yo, ámalo de manera absoluta

La experiencia esencial,Douglas E Harding

“Amas aquello que eres, tu verdadero yo, y todo cuanto haces lo haces por tu felicidad. Hallarlo, conocerlo, amarlo, es tu impulso básico.

Desde tiempo inmemorial te has amado a ti mismo, aunque no con sabiduría. Pon tu cuerpo y tu mente con sabiduría al servicio del yo, eso es todo. Sé fiel a tu propio yo, ámalo de manera absoluta. No simules, no pienses que amas a los otros como a ti mismo. A  menos que los hayas percibido como uno contigo, no puedes amarlos. No pretendas Sigue leyendo

El orgullo del éxito

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“- He trabajado duro y ahora me considero un hombre de mucho éxito. Sería un hipócrita si no reconociera que estoy bastante satisfecho de mis logros y, sí, algo orgulloso también. ¿Hago mal?”

Un visitante extranjero se dirigió con estas palabras a Sri Nisargadatta Maharaj una tarde. Tenía unos cuarenta y cinco años; era un hombre arrogante, seguro de sí mismo y algo agresivo. La conversación transcurrió después de esta manera:

M: Antes de que consideremos lo que «está bien» y lo que «está mal», haz el favor de decirme quién hace esa pregunta.

V: (algo sorprendido)  ¿Cómo? Pues «yo»; claro está.

M: Y ¿quién es ése “yo”? Sigue leyendo